Vivir ruinas

En nuestro andar cotidiano hay elementos en el paisaje que nos presentan un espacio de su historia, la identificación de una sociedad y costumbres, que hoy simbolizamos con “se va a la ruina”.

Sin duda la ruina está en el presente, en este caso como una presencia muda y rememorando el tiempo que fue, y en algunos otros exponentes, un actor, que reúne un pasado y un presente – futuro, que experimenta el cambio temporal y el recuerdo de ruina +  arquitectura + futuro.  Esta dicotomía, es finalmente la declaración de ruina que sobrevive como memoria, y hace partícipe, a las generaciones futuras. Es cierto que no podemos recuperar todas las ruinas, que vemos en similitud de lugares, en toda la geografía independiente del país que visitemos.  Seguramente los especialistas en patrimonio, tienen una estrategia, de acuerdo a cada diagnóstico de ruina representativa.

Es necesario pensar que el mantenimiento de ruinas recuperadas, es un testigo de la huella humana, y una integración histórico – cultural con las generaciones venideras. Y también la responsabilidad que se adquiere en el mantenimiento y conservación. A ello podemos agregar que cuanto más tiempo transcurre en la historia, es significativo el esfuerzo económico para lograr esa conservación, y recae indefectiblemente en que no se pueden recuperar todas las ruinas que seguramente desea la sociedad. Cada ruina tiene un valor social, y por tanto es digno pensar en los recursos para mantenerla, y sobre todo en la continuidad de esa labor.

Hay ejemplos de ruinas, en este caso arquitectónicas, que podemos al menos clasificar en cuatro grupos (sin excluir otros que surgieran).

Las ruinas en las que se respeta fielmente su estado, y son expuestas como hitos históricos, representan las grandes civilizaciones que nos antecedieron, con uso turístico –  cultural.

Las ruinas que se recuperan en edificios emblemáticos, adaptándolos a nuevos usos, sin dejar de mostrar la identidad histórica.

En menor escala, ruinas que se recuperan en el uso de viviendas familiares, porque responden a la necesidad de mantener huellas  generacionales propias.

Y finalmente las ruinas que se mantienen a lo largo del tiempo sin ninguna intervención y se identifican con la población y el entorno inmediato, que ha sido el origen de su existencia.

Generalmente son menos representativas, y por ende no se incluyen en ningún proceso de acondicionamiento.

Otras de las ruinas que están comenzando a surgir gracias a ese “se va a la ruina” son edificios emblemáticos, que habiéndose terminado, inaugurado y comenzado su andar, previsto en exposiciones, congresos, etc, son insostenibles por su costo en mantenimiento, y demuestran que la decisión de pasar a “nueva ruina económica” dista bastante de nuestra idea y concepto lingüístico, pero es un exponente de ruina contemporánea.

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